Cuando eran pequeños mis primeros cinco hijos, conocía a muchas mamás jóvenes como yo. Nuestra iglesia y nuestro barrio estaban llenos de nosotras. Nos llamábamos varias veces a la semana y nos reuníamos para compartir noticias importantes, como las de quién acababa de dormir toda la noche, tomar su primer paso, hacer un berrinche en público, usar la bacinica—y con bastante frecuencia, quién estaba embarazada… otra vez.

Hace tres años, a la edad de 41, de nuevo era yo la madre de un recién nacido. En muchos aspectos eran de gran ayuda mis experiencias pasadas, pero en otros me tocaba empezar desde el principio. Mi sistema de apoyo había cambiado. Además, el calendario de T para ciertas habilidades ha sido un poco diferente de los de mis otros hijos. Sonreía pequeñito y a menudo, y entablaba a la gente en interacciones sociales encantadoras, pero sus habilidades físicas y verbales se desarrollaban más tarde que lo normal. Requería de mí más apoyo y ánimo para alcanzar hitos como los de gatear, caminar, usar palabras y seguir instrucciones.

Debido a sus retrasos, T cumplía los requisitos para servicios de intervención temprana (E.I., siglas en inglés). Nuestra experiencia E.I. comenzó con una visita en conjunto de Judy (terapeuta de desarrollo) y Barry (terapeuta física), quienes entraron en nuestra sala, se quitaron los zapatos y se sentaron en el piso con nosotros. Barry explicaba la mecánica de gatear y caminar para ayudarme a identificar los pasos muy pequeños del progreso y dejar que cada pasito me alentara cuando venía. Me aseguró que el caminar pasaría, aun si no según el calendario provisto en las listas de cotejo de hitos de desarrollo.

Durante su primera visita a nuestro hogar, Judy señaló las habilidades sociales fuertes de T. Notó que cada vez que ella sacaba otro juguete de su bolsa, T me miraba a mí para comprobar que yo lo veía también. “Eso se llama establecer la atención compartida”, me dijo. Sabía yo al instante que me daría gusto tenerla en nuestro hogar. Una de las primeras palabras de T resultó de sus momentos con Judy, cuando miraba su bolsa grande con cierre, hacía una seña y decía “¡Abre!”

Más tarde, añadimos servicios del habla con Maureen y servicios de terapia ocupacional con Stacie, quien proveía estímulos sensoriales durante la terapia. Sara, quien provee terapia de desarrollo para la vista, también se integró al equipo para monitorear y ofrecer consejos sobre cuestiones relacionadas con la vista de T. Maureen y Sara contribuyeron sus experiencias valiosas, tanto como terapeutas como madres que habían visto pasar a sus hijos por la intervención temprana y los servicios de educación especial. Me dieron la clase de perspicacia madre-a-madre que yo necesitaba. “Tienes que recordar que primariamente son niños. No dejes que las discapacidades o retrasos te hagan olvidarlo. En este momento, ¡es niño de 2 años y ya!” Estas conversaciones me volvieron años atrás a aquellas charlas en salas atestadas. Me animaron; me recordaron que no estaba sola.

Aunque sabía que era el momento adecuado para T de “exceder la edad” y salir del programa E.I. al cumplir los 3 años, extrañaré nuestros días de intervención temprana. La terapia no solo era buena para T, sino que satisfacía una necesidad en la vida mía: me ofrecía nuevas ideas y consejos, además de un equipo de buenos oyentes a quienes les interesaban sinceramente nuestras noticias. Esta vez, mi experiencia como mamá ha sido diferente, pero estoy segura de que pensaré en estos últimos tres años con recuerdos felices de los amigos que me ayudaron a salir adelante.

Un equipo de ensueño en la intervención temprana
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